¡“Se callen, coño!”

Esta monserga, que parecía algo apagada con el verano de políticos y periodistas ha vuelto en todo su inmundo esplendor con el comienzo del curso político y laboral. De nuevo los mismos temas, las mismas trincheras, los eternos debates. Las imágenes de cientos de cayucos con centenares y miles de ojos brillantes llenos de sorpresa, de ‘esperanzas’, de cansancio, perplejos. Los mismos discursos repletos de tópicos, de palabras huecas acompañadas por movimientos de manos aprendidos, manos que se mueven arriba y abajo al compás de un discurso sincopado de dos en dos palabras, como si fueran incapaces de decir una frase entera. Ver la mano de ‘Pepiño’, con el dedo pulgar e índice juntos, puesto de perfil, subrayando algún ‘desliz’ acebiano o zaplanero. Mientras unas barbas casi blancas, fruto de recientes peripecias, tratan de encontrar en vano la credibilidad que se le ha negado de antemano en esta Babel de lenguas extrañas en las que nadie escucha a nadie.
Este país se hace cada vez más áspero, más cerril, más inhabitable. Sientes de nuevo las ganas de pedir lo de antes: “ ¿Harían el ‘porfavor’ de callarse un ratito?” Y pides que tan sólo te dejen disfrutar del movimiento de un rabo que se alegra de verte, o ver a un padre o una madre que absortos en sus preocupaciones, sienten una mano diminuta que se acerca a la suya pidiendo mudamente que se la aprieten para llevarle a su primer día de cole. Que te permitan expandirte porque una adolescente te sonríe contenta de volver a verte.
¿Les resulta tan difícil callarse un poquito, y seguir matándose softly, softly...?
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