Un paseo por Santillana del Mar

Pero Jaime, el viandante, había llegado por motivos menos nobles e importantes. Solamente quería patear despacio sus calles, sin prisa alguna, en solitario. Quería admirar sus balcones floreados, sus viejas puertas y ventanas, sus fachadas blasonadas... cualquier rincón donde la vida se hubiera detenido, remansado, para no progresar más. Desgraciadamente, esa virginidad del tiempo ha sido, es, dolorosa y violentamente mancillada. La codicia mercantil inunda sus casas y comercios repletos baratijas y de toda serie de productos locales o ajenos. Pero a pesar de ello, de los coches que rompen la serenidad y la angostura de sus calles, a pesar de las voces del altavoz cacharrero que pasea su disonante reclamo, de la exhibición de utensilios ajenos a la personalidad de la villa, la ciudad proporciona en muchos de sus rincones, la quietud, la belleza, el recogimiento, la frescura, la luz o la sombra necesarios.
Viandante procuraba olvidarse del ir y venir de los visitantes, de las voces de los jóvenes a los que sus profesores habían invitado a visitar la villa. Sólo la inocencia de algunos niños que miraban entre distraídos y admirados, calles, casas, jardines, escudos, bastones, espadas, tirachinas, abarcas, cencerros y cerámicas, parecía estar de acorde con la veracidad de sus calles y sus casas. Esto es lo que extrajo de su paseo, un baño de serenidad en el recogimiento de sus patios, en la vetusta juventud de sus balcones y ventanas, en la rudeza del empedrado de sus calles, en las sombras acurrucadas en sus portales. Por mucho que los modernos salvajes hollemos con nuestra incultura sus calles, guarda suficiente verdad para hacer frente a tanto atropello.
*Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (Santander)
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