La Posada de las almas

A lo que iba, que también en esto del ‘enrolle’, estoy resultando experta. Me contaba anoche, cuando volvió de su viaje, que al pasar ayer por una recoleta y entrañable plaza de Salamanca, llamada Plaza de San Boal, vio un portalón y sobre la pared un título que le llamó la atención: “Posada de las almas”. Sintió algo especial al leer aquel rótulo, e independientemente de cual sea el destino actual de la dicha posada, sabe que es este lugar, con ese nombre, donde muy pronto vendrá a reservar plaza para la sua ánima. Está seguro de que su alma no está hecha para disfrutar de la eterna Felicidad en ningún cielo, acostumbrado como está a fajarse en brava lid con la adversidad y el desarraigo, si es que el Goce eterno es algo que se acomode a la condición del hombre. Tampoco su ánima es tan perversa que merezca ningún fuego Eterno y el Purgatorio siempre le pareció un sitio indefinido impropio de las decisiones absolutas de una deidad. Así pues, está convencido de que el lugar más apropiado para su alma, debe ser un espacio donde reposar sin más, sencillamente. Poder descansar en un sitio en que no se pida ninguna credencial y se admita, por las buenas, a aquellos viajeros de la vida que acaban algo cansados, en busca de un rincón en que dejar reposar sus huesos, junto a sus ansias, sus temores o sus anhelos.

Al caer la noche, el públio, defraudado por no poder velar el cadáver, comienza a dispersarse. La familia se retira a los aposentos del Palacio a descansar, quedando en el altar mayor el féretro con el cuerpo de Doña María. A su cargo tres criados que, vencidos por el sueño, encuentran acomodo en los confesonarios. Aparece entonces el sacristán, se dirige hacia el catafalco donde brilla sobre la fría mano de la marquesa un gran anillo de oro. Sus ojos se encienden de codicia y al ir a arrancar la joya del noble dedo se oye el grito de la marquesa que pregunta extrañada: “¿Dónde estoy?” Los criados despiertan, sobresaltados, y llaman a los familiares que encuentran a doña María de Moctezuma fuera del ataúd.La leyenda cuenta que la Marquesa hizo gala de generosidad con el codicioso sacristán a quien concedería una pensión vitalicia. Nada se dice si la famosa joya fue incluida, pero sí que se acrecentó la fama de la ilustre resucitada.
Mientras mi papá me contaba esta historia yo, aunque perrita poco dada a leyendas e historias fantasiosas, pensaba que la susodicha Plaza reúne muchas cualidades para que en ella se halle una Posada para las almas. Ahora, eso sí, sin tantos sobresaltos. Sencillamente como lugar recogido donde las ánimas humanas, o caninas, puedan retirarse a descansar en la paz del eterno y merecido reposo.
Comentarios