Regreso a las aulas
UN MARAVILLOSO REENCUENTRO
Llegó puntual, más bien un poco antes. Algo habitual en él. La tarde dudaba entre el sol que se iba apagando y los densos nubarrones que venían amenazadores por el este. Pero no era la meteorología lo que le importaba. Antes de salir de casa había revisado bien la bolsa donde había colocado, libros, ‘cedés’ y radiocasete. Entró en aquel Centro ‘pluridisciplinar’ y lo primero que se encontró fue el hall-sala de costura donde una veintena de personas le daban a la aguja, cosían, hacían baberos, camisitas y muñecos…
Salió Isabel a su encuentro, le saludó con una sonrisa y le enseñó su ‘aula’.
- “Tendrás que esperar un poco, aún están en otra clase”.
Esperó y aprovechó para echar un vistazo al ‘aula de informática’. Un reducido espacio con ocho o diez viejos ordenadores que no podrían llamarse de ‘última generación’. Pasó luego a la sala central. En el suelo una especie entre esteras y colchonetas que hacían de gimnasio. No sobraban los recursos en aquel centro que un entusiasta cura hacía creado para ofrecer un abanico de actividades para personas adultas, algunas ya mayores, con interés por llenar su tiempo libre.
- “Tenemos más de doscientas personas y unos cuarenta voluntarios”, le había dicho Isabel cuando le explicó cual sería su cometido.
Por fin llegaron las 17:30, la hora de su ‘primera’ clase jubilosa. La había preparado con la misma minuciosidad que lo había hecho, hace ya más de cuarenta años para aquellos sus primeros 28 alumnos. Ahora, entorno a aquella alargada mesa, se sentaban cinco personas y él. De nuevo, después de casi dos años de ausencia de las aulas, volvía a clase. Pero aquello no era una ‘clase’, era un encuentro entre seis personas unidas por un mismo afán: comunicar y enriquecerse. La hora y media transcurrió muy rápido y una comunicación enriquecedora llenó aquel pequeño y modesto recinto, llamado aula.
De nuevo sintió un reconfortante encuentro con una parte esencial de sí mismo.

Salió Isabel a su encuentro, le saludó con una sonrisa y le enseñó su ‘aula’.
- “Tendrás que esperar un poco, aún están en otra clase”.
Esperó y aprovechó para echar un vistazo al ‘aula de informática’. Un reducido espacio con ocho o diez viejos ordenadores que no podrían llamarse de ‘última generación’. Pasó luego a la sala central. En el suelo una especie entre esteras y colchonetas que hacían de gimnasio. No sobraban los recursos en aquel centro que un entusiasta cura hacía creado para ofrecer un abanico de actividades para personas adultas, algunas ya mayores, con interés por llenar su tiempo libre.
- “Tenemos más de doscientas personas y unos cuarenta voluntarios”, le había dicho Isabel cuando le explicó cual sería su cometido.
Por fin llegaron las 17:30, la hora de su ‘primera’ clase jubilosa. La había preparado con la misma minuciosidad que lo había hecho, hace ya más de cuarenta años para aquellos sus primeros 28 alumnos. Ahora, entorno a aquella alargada mesa, se sentaban cinco personas y él. De nuevo, después de casi dos años de ausencia de las aulas, volvía a clase. Pero aquello no era una ‘clase’, era un encuentro entre seis personas unidas por un mismo afán: comunicar y enriquecerse. La hora y media transcurrió muy rápido y una comunicación enriquecedora llenó aquel pequeño y modesto recinto, llamado aula.
De nuevo sintió un reconfortante encuentro con una parte esencial de sí mismo.
Comentarios
Recibe un saludo,
En cuanto a lo del vino, se admite cualquier añada:-)