Salamanca se abriga, nos abriga.
LA INFANCIA DE FRÍO Y DE ‘CARÁMBANOS’
Ayer recibió el Náufrago una presentación de imágenes que provocaron una pequeña e íntima revolución interior. Como decía Rilke, ‘nuestra verdadera patria es la infancia’, la realidad profunda de lo que somos, por muchos colgajos y aditamentos que nos haya puesto encima la vida. Aquellas raíces profundas son las que nos proveen de la savia que nos alimenta. El Náufrago sigue siendo en el fondo aquel muchacho de trece años que correteaba por calles y jardines, que jugaba al escondite, a guardias y ladrones en el Campo de San Francisco y observaba curioso, sentado en el pretil que cercaba el parque, el ir y venir de prostitutas que en determinados días salían del gueto de ‘su barrio’ y acudían a su ‘revisión sanitaria’. Para aquellos ojos infantiles era una procesión entre misteriosa y pícara a la vez.
Las fotos que ayer le llegaron son portadoras de más sorpresa porque son lugares que conoce muy bien, son sitios donde transcurrió su infancia. Son parques, fuentes, estatuas, monumentos, calles, plazas, rincones, bustos, filigranas llenas de mensajes secretos que sólo a él le pertenecen, porque están guardados en algún rincón del baúl de los recuerdos.
En la presentación surgen palabras que sólo a un salmantino le pueden decir su sentido exacto: “el invierno ‘arrice’ las hojas que ha dejado el otoño”.Aparecen nombres propios que compartieron aulas universitarias: Aníbal Núñez, tempranamente malogrado. Poetas conocidos como José Ledesma Criado, más los nombres clásicos ligados a la ciudad: Fray Luis de León, Calisto, Melibea, Sempronio, Celestina, Lázaro de Tormes, Unamuno, Carmen Martín Gaite…
Se diría que son los mismos gorriones de antaño los que rebuscan comida entre la escarcha o abrevan en las fuentes de donde apenas sale agua. ¡Pobres pájaros ciudadanos a los que nosotros, crueles, lanzábamos piedras con nuestros tirachinas!
Esta Salamanca blanca, arrecida y cálida a la vez, es su río, las murallas, sus torres, sus catedrales, el Patio de Escuelas, jardines, rúas y plazas. Es la Salamanca y el niño que fue y aún sigue siendo, con sabañones en las manos y en las orejas, frío en las rodillas que no cubrían sus pantalones cortos
Ayer recibió el Náufrago una presentación de imágenes que provocaron una pequeña e íntima revolución interior. Como decía Rilke, ‘nuestra verdadera patria es la infancia’, la realidad profunda de lo que somos, por muchos colgajos y aditamentos que nos haya puesto encima la vida. Aquellas raíces profundas son las que nos proveen de la savia que nos alimenta. El Náufrago sigue siendo en el fondo aquel muchacho de trece años que correteaba por calles y jardines, que jugaba al escondite, a guardias y ladrones en el Campo de San Francisco y observaba curioso, sentado en el pretil que cercaba el parque, el ir y venir de prostitutas que en determinados días salían del gueto de ‘su barrio’ y acudían a su ‘revisión sanitaria’. Para aquellos ojos infantiles era una procesión entre misteriosa y pícara a la vez.
Las fotos que ayer le llegaron son portadoras de más sorpresa porque son lugares que conoce muy bien, son sitios donde transcurrió su infancia. Son parques, fuentes, estatuas, monumentos, calles, plazas, rincones, bustos, filigranas llenas de mensajes secretos que sólo a él le pertenecen, porque están guardados en algún rincón del baúl de los recuerdos.
En la presentación surgen palabras que sólo a un salmantino le pueden decir su sentido exacto: “el invierno ‘arrice’ las hojas que ha dejado el otoño”.Aparecen nombres propios que compartieron aulas universitarias: Aníbal Núñez, tempranamente malogrado. Poetas conocidos como José Ledesma Criado, más los nombres clásicos ligados a la ciudad: Fray Luis de León, Calisto, Melibea, Sempronio, Celestina, Lázaro de Tormes, Unamuno, Carmen Martín Gaite…
Se diría que son los mismos gorriones de antaño los que rebuscan comida entre la escarcha o abrevan en las fuentes de donde apenas sale agua. ¡Pobres pájaros ciudadanos a los que nosotros, crueles, lanzábamos piedras con nuestros tirachinas!
Esta Salamanca blanca, arrecida y cálida a la vez, es su río, las murallas, sus torres, sus catedrales, el Patio de Escuelas, jardines, rúas y plazas. Es la Salamanca y el niño que fue y aún sigue siendo, con sabañones en las manos y en las orejas, frío en las rodillas que no cubrían sus pantalones cortos
Comentarios
Feliz tarde, Náufrago y Douce.
Vello, muy vello.
Me ofrezco como cicerone:-)
Gracias por vuestros comentarios.