Algo que ocurrió un 23 de Febrero de 1981
SECRETOS DE UNA
RUPTURA
“La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”. Con ese título sale el próximo jueves el nuevo libro de Pilar Urbano. Es la gran verdad nunca contada del 23-F. Cómo el golpe de Armada contra Suárez se preparó en La Zarzuela, y el Elefante Blanco habría sido el Rey.
Ella nos lo cuenta.
Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar, a la venta desde el jueves próximo, no dejará indiferente a nadie, ni a los dos grandes protagonistas, Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez (éste, desde el más allá), ni a los lectores. Y contribuirá, seguro, a poner luz en aquel ominoso episodio del 23-F, repleto de claves ocultas e historias no contadas. Pilar Urbano las desentraña con la pasión y el atrevimiento de quien se empecina en buscar la esquiva verdad. Adolfo Suárez ya descansa en paz en su morada eterna, la catedral de Ávila. El duque del Olvido. Y el Rey permanece en el Palacio de la Zarzuela, en las mismas estancias en las que, según Urbano, se preparó la Operación Armada contra el presidente Suárez. En esos aposentos donde los artífices del paso de la dictadura a la democracia se pelearon al borde de lo físico, como el libro descubre. El Rey vive sin querer recordar, mientras el fantasma conciliador del gran presidente de la democracia revive en el espíritu de un libro preñado de datos y fuentes.
P.-
Tras leer su libro, no me extraña que el Rey y Suárez no quisieran recordar
episodios que cuenta.
R.- ¿A qué se refiere?
P.-
Especialmente a seis encuentros calientes, explosivos, que el Jefe de Estado y
el presidente del Gobierno tuvieron el 4, 10, 22, 23 y 27 de enero de 1981. Y
el día después del golpe, el 24 de febrero del 81.

P.- El
gran obstáculo para el Rey para este golpe de timón, por lo que cuenta en su
libro, sigue siendo Adolfo Suárez. «No sé cómo quitármelo de encima»,
exclama durante meses ante diferentes interlocutores.
R.-Efectivamente. Por eso el Rey no
espera a volver a Madrid y llama a Suárez, que descansa en Ávila, para que se
presente en Baqueira de manera urgente el 4 de enero. A Adolfo le parece rara
tanta urgencia, se desplaza a Baqueira en helicóptero. Esa conversación será el
primer choque de una serie encadenada en las semanas siguientes. La reunión
empieza sin crispación. Poco a poco se va calentando. No hay insultos, pero sí
«tuteos». Se hablan claro. El Rey le dice al presidente que, si no hacen algo,
los militares se le echarán encima. Don Juan Carlos siempre tuvo miedo a los
ejércitos.
P.- El
Rey tendría presente lo que Armada le había dicho el día antes.
R.- Sí. El mensaje de Armada fue muy
claro: Suárez sobra y es urgente poner remedio a esta situación. El general le
pinta al Rey una situación de pregolpe. Le informa de que con Suárez fuera del
Gobierno podría armarse un gobierno de concentración nacional que evitaría el
golpe militar. Y que desde Fraga a Felipe González están dispuestos a entrar en
el Gobierno. Por eso, don Juan Carlos tiene urgencia para que Suárez visualice
que sobra. Y lo hace el 4 de enero. Suárez intuye que podría estar en marcha
una moción de censura contra él, orquestada por Armada con la ayuda de
numerosos diputados, entre ellos, muchos de su mismo partido, que cuenta con
168 diputados.
P.- ¿El
Rey expone con claridad a Suárez que la solución pasa por un militar al frente
de ese gobierno de concentración?

P.-10
de enero de 1981. El Rey se presenta en Moncloa en moto, sin avisar
R.- Ese día hay una gran gresca entre
los dos. El Rey solía llegar de improviso a Moncloa. Con su desparpajo
conocido, pedía: «¿Me dais de comer? ¿Ha
sobrado paella?». Esta vez la visita no era tan amigable. Quería hablar de
una vez por todas con claridad con Suárez. Salen a dar un paseo por los
jardines. «Vengo a hablarte de dos
asuntos que alguna vez ya te he esbozado, pero hoy quiero resolverlos. Mi viaje
al País Vasco y el traslado de Armada a Madrid». La conversación sube de
tono. Un testigo me cuenta que el Rey y el presidente gesticulan cada vez de
manera más ostensible. Armada, destinado en Lérida, es un tema tabú para
Suárez. El Rey quiere traerlo a Madrid, al Estado Mayor, de segundo JEME. Es la
bicha para Suárez; sabe que es el hombre destinado a cortarle la cabeza. Es
entonces cuando Suárez vaticina al Rey que Armada no es la solución al golpe
militar del que el Rey le habla insistentemente, sino el problema.
P.- El
Rey piensa lo contrario: tú eres el
problema y el otro la solución.
R.- Su Majestad llevaba año y medio
oyendo de militares, de empresarios, de banqueros, de algunos obispos, de
catedráticos, de gente de distintos sectores sociales, de algunos periodistas,
que todo iba muy mal y que había que cambiar el Gobierno y a su presidente. Lo
que un banquero, ya en el verano de 1980, en su visita al monarca definió como «cambiar el alambre, pero no los postes».
Todos parecían olvidar, empezando por el Rey, que sólo las urnas pueden cambiar
al partido gobernante y a su presidente. En realidad fue el 5 de julio de 1980,
siete meses antes del 23-F, cuando se produjo un primer anuncio en Zarzuela de
que el Rey había decidido entrar en acción.
P.-
Sigamos con la visita del Rey a Moncloa.
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Otros momentos y otros 'codos' |
P.- El
Rey ya no controla a Suárez. No puede conseguir ni traer a Armada a Madrid…
R.-Nunca pensó que la persona que él
eligió como presidente (julio de 1976) pudiera llegar a este extremo. Él, que
muchos años atrás, cuando empezaba a reinar, había dicho a Torcuato Fernández
Miranda: «Hombre, yo creía que iba a ser
como Franco pero en Rey».
P.- 22
de enero de 1981. Suárez está en Zarzuela...
R.- Aquello fue muy fuerte. Suárez
subió a Zarzuela como solía hacer en vísperas del consejo de ministros. Lo
cuento en el capítulo titulado Suárez, el
Rey, un perro, una pistola.... Ya no son desencuentros, ya están a
mandoblazos, sobre todo por parte del Rey. «El
Rey consulta, escucha y hace caso a cualquiera antes que a mí», se queja
Suárez. Don Juan Carlos ve al jefe del Gobierno sin rumbo. Utiliza en algún
momento la frase de Abril Martorell, íntimo y fiel colaborador de Suárez: «Eres un arroyo seco», sin un norte
ilusionante. Tras combatir en una esgrima de reproches, Suárez espeta al Rey: «Hablemos claro, señor, yo no estoy en el
cargo de presidente porque me haya puesto ahí su Majestad». «Lo que no es
normal, por muy legítimo que sea, es que yo diga blanco y tú negro. Las cosas
han llegado a un punto en que cada vez coincidimos en menos temas», expresa don
Juan Carlos. El cruce de reproches crece en grados. «Me temo que empezamos a dar la impresión de dos jefaturas que en lo
importante discrepan», dice Suárez. Y recuerda al Rey que es presidente por
las urnas, en las que obtuvo 6.280.000 votos (en 1979). «Tú estás aquí porque te ha puesto el pueblo con no sé cuántos millones
de votos… Yo estoy aquí porque me ha puesto la Historia, con setecientos y pico
años. Soy sucesor de Franco, sí, pero
soy el heredero de 17 reyes de mi propia familia. Discutimos si OTAN sí u OTAN
no, si Israel o si Arafat, si Armada es bueno o peligroso. Y como no veo que tú
vayas a dar tu brazo a torcer, la cosa está bastante clara: uno de los dos
sobra en este país. Uno de los dos está de más. Y, como comprenderás, yo no
pienso abdicar».
(Pilar Urbano relata que cuando Suárez
oye la palabra abdicar, él mismo dice que sería el mayor fracaso de todos sus
empeños y que, llegados a este punto, lo mejor es disolver las Cortes para que
el pueblo hable, ya que no cuenta con el apoyo del Rey ni con parte de su
partido, y sí con la animadversión de la oposición. El Rey le responde que eso
sería una locura y que se niega a disolver las Cortes).
P.-
¿Plantea el Rey a Adolfo Suárez la dimisión?

P.- Con
la Constitución como arma arrojadiza…
R.- Y el Rey, entonces, comete una
indiscreción al recordar a Suárez que también el artículo 115 advierte que no
se podrán «disolver las Cortes si está en
trámite una moción de censura». Nadie había hablado de moción de censura.
Se le escapó inconscientemente lo que le daba vueltas por la cabeza: una
dimisión repentina invalidaría el plan de derrocarle por la vía intachablemente
parlamentaria de la moción de censura. Y una disolución dejaría la Operación
Armada en papel mojado. Por tanto, el Rey no quería que Suárez dimitiera
todavía, ni disolviera las Cortes. Y de manera entre infantil y desesperada le
dice a Suárez que no piensa firmar, que se irá de viaje, que se pondrá enfermo…
La discusión subía y subía de tono. Llegaron a alzarse la voz con tal rudeza
que el perro del Rey, Larky, un pastor alemán, tumbado en la alfombra del
despacho real, comenzó a ladrar y, excitado, se arrojó contra Suárez. «Casi me muerde los coj…», me contó
Suárez tiempo después. El Rey saltó y sujetó al perro. Más allá de esta
anécdota, Suárez le leyó la cartilla al Rey, el hombre que lo había elegido
para, juntos, hacer Historia.
P.- 23
de enero. El Rey precipita su regreso a Madrid. Está de cacería, pero cuatro
tenientes generales se han presentado en Zarzuela.
R.- Cuatro y un almirante. Los tenientes generales Elícegui, Merry
Gordon, Milans del Bosch y Campano López, de las regiones de Zaragoza,
Sevilla, Valencia y Valladolid. Desde Zarzuela avisan al Rey, que tiene que
suspender la cacería. Por cierto, los compañeros de montería se indignan con el
Rey porque el helicóptero ahuyenta las piezas. Estos generales están pensando
un golpe a la turca. Ya habían enviado una carta a Zarzuela, por el conducto
reglamentario, como me dijo el general González del Yerro. Al no obtener
respuesta, se presentan en Zarzuela. Entra el Rey, jefe y compañero de armas, y
cuando comienzan con la retahíla de quejas, les dice: «Un momento, yo soy el Rey. El Rey reina, pero no gobierna. Decídselo
al jefe de Gobierno». Llama a Suárez. En un rato está en Zarzuela. «Realmente estos que hay dentro quieren
verte a ti». Y don Juan Carlos se ausenta. Nadie se sienta y Suárez
advierte a los entorchados que Zarzuela no es el sitio para hablar; que si
quieren, él los recibe en Moncloa, que es la sede del presidente de Gobierno.
P.- Y
aparece la primera pistola.
R.-Milans dice a Suárez que por el
bien de España debe dimitir ya, cuanto antes. Y es cuando Suárez pide al luego
golpista que le dé una razón para ello. En ese momento, Pedro Merry Gordon saca del bolsillo de su guerrera una pistola
Star 9mm, se la pone en la palma de la mano izquierda y mostrándola dice al
presidente: «¿Le parece bien a usted esta
razón?». El Rey, en la escalera, le advierte: «¿Te das cuenta de hasta dónde me estás haciendo llegar?». Y le
reitera que la solución para evitar el golpe militar pasa por un cambio de
Gobierno.
P.-Dos
últimas fechas para olvidar esta tragedia en las relaciones de los dos parteros
de la Transición. 27 de enero, con el golpe en puertas.
R.- Suárez acude a Zarzuela para
comunicar al Rey que tira la toalla, que se va. Antes almuerza con los Reyes.
Al acabar, suben los dos al despacho. «¿Qué
es eso tan importante que tienes que decirme?», inquiere el Rey. «Que me voy, señor. Sí, he pensado muy
seriamente que debo irme. Irme y, como decía Maura, que gobiernen los que no me
dejan gobernar». El Rey escucha en silencio, sin mover un músculo. Con pose
de rey, no de amigo. Asiste, impávido, a la explicación de Suárez, que se queja
de tener el enemigo dentro. Él ya sabe, como me dijo años después Sabino, que
estaba en marcha una moción de censura movida y encabezada por Armada. Gente de
su partido, como Herrero de Miñón, participa activamente. Piensa que con su
dimisión podrá desactivarla. Pero Armada se veía ya como presidente de un
gobierno de concentración, una operación que comenzó a trazarse en Zarzuela en
julio de 1980. Ya hablaremos luego de esto...
P.- ¿El
Rey no hizo el menor amago pidiéndole que siguiera?
R.-En absoluto. Descuelga el
telefonillo interior y llama a Sabino: «Sabino,
sube, sube inmediatamente». Cuando llega, don Juan Carlos le suelta: «Sabino, que éste se va». Ni un abrazo,
ni un gesto. Como si se sintiera liberado. «¿Qué
hay que hacer ahora? ¿Qué pasos? Es la primera dimisión de un presidente en
democracia», pregunta al fiel secretario. Punto y final. Al día siguiente,
el 28, Suárez lleva la carta de dimisión a Zarzuela. Su publicación en el BOE
se retrasa durante semanas. El acto de Suárez de dimitir por sorpresa tiene
enormes consecuencias porque deja a los golpistas, militares y civiles, sin
argumentos para la sublevación.
P.-
Última fecha. 24 de febrero de 1981. Horas después de acabar el secuestro de
Tejero. Suárez se presenta en Zarzuela.
P.- Suárez, tras ser liberado, es
informado por Francisco Laína de que ha sido Armada quien ha arreglado la
liberación de los secuestrados y de que el mismo Armada había estado metido en
el golpe hasta las cejas. Ya en Moncloa, se encierra con sus colaboradores
directos Arias-Salgado y Meliá, y les pide un informe técnico urgente para
revocar su dimisión. La investidura de Calvo-Sotelo, interrumpida por Tejero,
se reanudará el día siguiente, 25, a las seis de la tarde. El cese de Suárez
aún no se ha publicado en el BOE. «Hay
mucho que limpiar, apuntalar, poner coto a los que quieren quitarnos la
libertad. Si legalmente puedo, volveré. Eso sí, respaldado por la más Grosse Koalition
que pueda constituir», dice a sus íntimos.
P.- Y
acto seguido, va a Zarzuela a hablar con el Rey. Por llamarlo cortésmente.
R.-Es el enfrentamiento más duro,
durísimo, que Suárez tiene con el Rey. Se lo contó a muy pocas personas recién
ocurrido, y 12 años después lo revivía con las mismas palabras. Leo a partir de
la página 701 de mi libro:
«Arriba,
en la puerta, me espera Sabino. Me da un abrazo. Yo se lo tomo. Al que no se lo
puedo tomar es al “Otro”. Entro en el despacho del Rey. Está vestido de
uniforme. Es mediodía. Tiene allí a su perro Larky, el que me atacó la otra
vez. Estamos solos, le tuteo.
—Nos la has metido doblada.
—¿De qué me hablas?
—Hablo de que, alentando a Armada y a
tantos otros, jaleándolos, dándoles la razón en sus críticas, diciéndoles lo
que querían oír de boca del Rey, tú mismo alimentaste el dichoso malestar
militar (…) Sabes cómo entre el Guti (el general Gutiérrez Mellado), Agustín
(Rodríguez Sahagún) y yo hicimos trigonometría para desplazar al quinto moño a
los generales golpistas, a los que tú a la semana siguiente recibías; y cómo me
opuse al traslado de Armada.
—Pero ¿tú te das cuenta de lo que
dices… y a quién se lo dices?
—Sé demasiado bien a quién se lo digo.
Esta situación la has provocado tú.
—Noooo. Al revés, la has provocado tú
y la he evitado yo».
P.- O
sea, que Suárez acusa al Rey de promover el golpe de Armada.
Y saca el folio del bolsillo y lo despliega ante el Rey. Le anuncia que piensa hacer depuraciones en el Ejército, llegando hasta donde haya que llegar. «Me estás amenazando, so cabrón? ¿Te atreves a hablarme de responsabilidades a mí? ¿Tú… a mí? Mira —le dice el jefe del Estado—, ni tú puedes retirar ya la dimisión ni yo voy a echarme atrás en la propuesta de Leopoldo. ¿Todavía no te has enterado de que ha sido a ti a quien le han dado el golpe? A ti, a tu política, a tu falta de política, a tu pésima gestión. ¿Responsabilidades? ¡Tú eres el auténtico responsable de que hayamos llegado a esto!». El rifirrafe entre los dos continúa y se despeña hasta el punto de que don Juan Carlos le dice: «O te vas tú o me voy yo», no sin recordarle que no podrá formar ningún gobierno de unidad «porque nadie va a querer ir contigo… Políticamente estás muerto. No revoques tu dimisión. No intentes volver. Tienes que saber poner punto y final a tu propia historia». Viéndolo así, en pie, con el uniforme de capitán general y al otro lado de la mesa, Suárez se da cuenta, según él mismo contaba después, de que ese señor imponente que tiene delante es el Rey. «Junto los talones, doy un cabezazo, paso al usted y le presento mis excusas: “Disculpe, Señor, me he excedido”». Larky, el perro, esta vez no atacó al indignado visitante.
P.-
Pilar, esto que usted cuenta, desconcertante por la gravedad de las acusaciones
pronunciadas por Suárez, así como por las que el jefe de Estado dirige al
presidente dimisionario, lo tendrá muy contrastado…
R.- No me hubiese atrevido a
escribirlo si no hubiera tenido varios testigos y confidentes de Adolfo Suárez.
(Efectivamente, en el apéndice de notas se citan las fuentes con nombres y
apellidos.)
P.-
Perdóneme que le insista más sobre sus fuentes, porque la gravedad de su
narración lo exige…
R.- Como están documentadas en el
libro, no tengo ningún problema. He hablado con decenas de personas, y no una,
ni dos, ni tres veces. Algunos de los trances sobre los que escribo me los han
ratificado Aurelio Delgado Lito, el cuñado de Suárez e íntimo ayudante, y
colaboradores inmediatos del presidente como Antonio Navalón, Eduardo Navarro,
Jaime Lamo de Espinosa, José Pedro Pérez-Llorca, Rafael Arias-Salgado,
Francisco Laína… Lito me recordaba: «Me
acuerdo que eran las cinco de la madrugada, y tú seguías hablando con Adolfo en
Galicia, en un hotel, pese a que unas horas después él tenía una entrevista
política importante». Suárez era noctámbulo y si por la noche pegaba la
hebra en confidencias, contaba cosas, sobre todo a los que nos veía interesados
en asuntos como el 23-F, sobre el que yo escribí un libro, Con la venia, yo
indagué. Adolfo iba dando pistas, claves. Tengo escrito un capítulo sobre el
GAL, que no he incluido en el libro... Adolfo era un hombre de Estado, ante la
idea de que por él pudiera sobrevenir un golpe, no lo dudó, se fue; y cuando
ocurrían cosas turbias en torno al Monarca y alguien quiso aprovecharse o
apalancarse en el Rey, Adolfo saltaba.
P.-
¿Quién era más hombre de Estado, Suárez o don Juan Carlos?
R.- Si Adolfo hubiese sobrevivido a
todos los golpes morales que le asestaron, podría haber llegado a ser el único
candidato a la República capaz de competir con Felipe VI. Aunque su esencia era
republicana, hizo una especie de voto de lealtad al Rey desde el republicanismo
nato de su padre y de su madre. Creía en el chusquerismo: que desde abajo se
puede llegar hasta arriba, si se trabaja; y que un rey tiene que estar sometido
a una disciplina constitucional. Déjeme decirle lo siguiente sobre las fuentes
de mi libro, con datos que he ido recopilando durante años. Adolfo no ha sido
un bocazas ni un voceras, pero en ocasiones se ha desahogado. Sobre todo, no ha
querido que la Historia se escribiera mal. Por eso escribió su Yo disiento de
la sentencia del 23-F. Él me dijo más de una vez: «No dejes que te equivoquen, Pilar, eso no fue así». Allí, en su despacho
de la calle Antonio Maura, en Madrid, hemos tenido conversaciones larguísimas y
relajadas, explayándonos con la confianza de la amistad. Con su hija Marian
cerca, que le advertía «Papá, papá…»
para que no contara de más. Él, con su simpática picardía, decía: «No, aquí con ésta puedo, ésta es del
Opus».
P.- Sé
que su libro es mucho más que el 23-F y sus circunstancias, que en él habla de
episodios llamativos en los prolegómenos de la Transición, como el día en que
el Rey se atrevió a echar al presidente Arias, o aquel momento en el que Suárez
legaliza el PCE y don Juan Carlos, curiosamente, está en París.
R.- Claro, el libro abarca bastante
más, pero usted quiere hablar del 23-F y de sus lados oscuros.
P.- Un
poco más. Una aclaración: ¿Qué diferencia hay entre la Operación Armada y el
23-F?
R.- El golpe de Armada, el golpe de
timón o de gobierno, presidido por él, tendría que haber acabado en el momento
en el que don Juan Carlos comienza a hacer consultas para sustituir a Suárez.
Por fin, se decide por Leopoldo Calvo-Sotelo, pero tiene enormes dudas. Tantea
a Lamo de Espinosa, a Pérez Llorca, a Rodríguez Sahagún. En realidad,
cualquiera menos Leopoldo. Hasta que Leopoldo le soluciona la papeleta.
Convence al jefe del Estado diciéndole que él es el hombre de la derecha que
busca, bien visto por el empresariado; que sacará adelante el ingreso en la
OTAN, el gran marrón del Rey ante los EEUU; la LOAPA para armonizar el tiberio
de las autonomías; que tranquilizará a los militares, porque al fin y al cabo su
apellido es Calvo-Sotelo. Además, ha sido elegido por el partido, la UCD, que
en las elecciones del 79 sacó más de 6.200.000 votos. No hay duda de que la
sustitución con Calvo-Sotelo, y no a través del montaje Armada, es
constitucional. El Rey ve que puede tener una salida fácil, libre de Suárez, y
sin correr tantos riesgos como con Armada; y es cuando abandona la Operación
Armada. Estamos hablando del 10 de febrero de 1981, a 13 días del golpe. Hasta
ese momento, la Operación Armada no tenía nada que ver con el 23-F. Terminaba
ahí.
P.-
Pero el golpe se produce.
P.- El 23-F, como le digo, no debería
haberse producido. Pero a Armada el Rey le había puesto los patines, y ya no
quiere parar. Y se produce el recurso a Tejero, que es un autor por convicción.
De hecho, Jordi Pujol y Marta Ferrusola, su esposa, hacen los honores de
despedida a Armada, que viene a Madrid desde su destino en Lérida. Los Pujol
comentan al general que Calvo-Sotelo será el nuevo presidente, y Armada deja
caer un enigmático «ya veremos». Lo está diciendo el día 9 de febrero. En las
fechas siguientes, Armada se ve no sé cuántas veces con el Rey: el 10, el 11,
el 12, el 13. En la agenda de Armada aparece todo eso pormenorizado. Sabino,
que ya se da cuenta de que Armada está lanzado, empieza a cerrarle las puertas
de palacio. El día 13 de febrero, el Rey y Armada tienen una conversación tan
importante y grave que don Juan Carlos aconseja a Armada que vaya a contarle a
Gutiérrez Mellado todo eso de que Leopoldo no es la solución para calmar la división
del Ejército. Mellado manifestaría luego que le dieron ganas de detener a
Armada por todo lo que le dijo. A partir de ese momento podemos decir que el
Rey ya se sacude de las manos el tema Armada y sigue la senda de Leopoldo, con
un Gobierno de UCD.
P.-
Pero Armada, como usted decía antes, «tiene puestos los patines».
R.- Armada está motivado, Armada
quiere ser presidente, ayudado por el CESID con el comandante Cortina al frente
de la operación. Si el Rey está o no está en el 23 de febrero, si está enterado
o no… Hay cosas llamativas, raras, anómalas. Que los hijos del Rey no vayan ese
día al colegio, como tampoco fueron al colegio los hijos de los americanos de
Torrejón, que le dijeran al médico de Zarzuela que ese día estuviera en Palacio
desde por la mañana, que cierta vedette, Bárbara Rey, declarara, ¡vaya usted a
saber si es cierto!, que el Rey la llamó diciéndole, «oye, el lunes, 23,
procura no ir a recoger al colegio a los niños, porque puede pasar algo…». Y
otras curiosas coincidencias. Igual que no se entiende lo de Osorio diciéndole
a Fraga en el Congreso, en pleno golpe, «Manolo, baja y dile a Tejero que llame
a Armada». ¿Por qué quiere llamar Osorio a Armada? ¿Qué sabe él? O, también,
que de los siete padres de la Constitución, cinco conocieran en qué consistía
la Operación Armada y que durante los acontecimientos del 23-F en el Congreso
estuvieran relativamente tranquilos en sus escaños, leyendo o prestando sus
abrigos a los rehenes de oro. Leían tranquilamente Gregorio Peces-Barba, Miguel
Herrero, Gabi Cisneros, Jordi Solé Tura y Fraga, padres constituyentes, también
estaban en la lista de Gobierno de Armada. Al Rey, en cualquier caso, la
actuación de Tejero le resultó antiestética, irreflexiva, repugnante por la
violencia de los tiros... Eso no era presentable. Lógicamente, yo tengo que
pensar que el Rey no estaba en el 23-F; otra cosa es que, bueno, Armada sí que
habla con el Rey ese día, aunque luego en los juicios se quiso borrar la
interlocución del Rey esa noche. No aparece en las actas, como si se hubiera
pasado un típex: en lugar del Rey aparece Sabino.
P.- Lo
que queda meridianamente claro en su libro es que la gestación de la Operación
Armada, que deriva en el golpe de Estado del 23-F, pasa por Zarzuela.
R.- Sale de Zarzuela y sigue en
Zarzuela desde julio del 80 hasta la segunda semana de febrero de 1981. Yo dejo
al Rey fuera del golpe del 23-F. Pero sí digo que, si esa noche Armada se
hubiese llegado a entender con Tejero, y Tejero le hubiese dejado pasar, como
me decía Pablo Castellano, «en esa
situación, bajo la amenaza de las metralletas, todos hubiésemos aceptado
cualquier solución que no fuese una junta militar». Y mucho más si todo se
anunciaba en nombre del Rey, que es como Tejero entró en el Congreso: «¡Paso, en nombre del Rey!».
P.- De hecho en su relato de aquel día pone nombre al Elefante Blanco, la
máxima autoridad militar…
R.- Lo dice Sabino. El Sabino de los
últimos tiempos, que no estaba gagá en absoluto. Con el que fuera secretario y
luego jefe de la Casa Real mantengo unas veintitantas conversaciones, en las
que se va viendo su evolución en cuanto a libertad verbal. Sabino va contando
cada vez más, sobre todo si tú tienes la mitad del billete; entonces él te
completa la otra mitad. Igual que Suárez, tenía un deseo imponente de ser
honesto. Si no le preguntabas, no te contaba; pero si le preguntabas, sí te
contaba, y te contaba la verdad; yo no sé si toda, pero creo que casi toda…
P.-Hablábamos
del Elefante Blanco…
R.- Le pregunté a Sabino por el famoso
tema del Elefante, y me confesó que don Juan Carlos metió la pata en el libro
de Vilallonga (una biografía del Rey, basada en varias conversaciones con el
protagonista), cuando dijo que él «sabía, desde el primer momento, quién era el
Elefante Blanco». Suárez también dijo que «sólo dos personas saben quién era el
Elefante Blanco, y yo soy una». Si Suárez lo sabía, y desde luego él no lo era,
y el Rey también lo sabía, según él mismo le dijo a Vilallonga, y está en la edición
francesa y en la inglesa. Ergo… Después, en la versión española eso se
corrigió, porque se hubiese tenido que reabrir el sumario del 23-F. El Rey
también decía en la primera edición, la francesa, que él habló con Armada
varias veces esa noche. En fin, hay un momento en el que Sabino me dice que, en
el supuesto de que, tomado el Congreso, Armada hubiera conseguido proponer su
Gobierno de concentración, y hubiese sido necesaria la presencia de una
autoridad superior al nuevo presidente del Gobierno y que ratificara moralmente
su elección, en ese caso... el Elefante Blanco sólo podía ser el Rey.
P.- Me
ha sorprendido el papel de Sabino en el arranque de la Operación Armada. En
julio de 1980 habla de Armada como presidente alternativo a Suárez; en cambio,
el 23-F es el propio Fernández Campo quien juega un papel decisivo contra el
golpe.
R.- Porque se dio cuenta pronto de que
la Operación Armada desembocaría en una junta militar.
P.-
Pronto... o tarde, porque Fernández Campo conoce la Operación Armada desde
julio de 1980, en el momento en el que el comandante Cortina, del CESID, expone
al Rey cómo tendría que llevarse a cabo el golpe de timón para cambiar a Suárez
por un independiente. «Todo dentro de la legalidad», pedía el Rey, según su
libro.
R.- Cortina se inspira en la Operación
De Gaulle y pretende hacer lo mismo en España, con una gran coalición de
partidos que apoyen a un hombre independiente. Plantea dos candidatos
apartidistas, como posibles presidentes: un civil, José Ángel Sánchez Asiaín, y
un militar, Alfonso Armada. Sabino está convencido de que el presidente en
aquella situación tenía que ser militar, y que ese hombre era Armada.
P.-
Tres nombres propios más: Carlos Ollero, Jaime Carvajal y Urquijo, y Paddy
Gómez Acebo.
R.- Carlos Ollero, catedrático de
Teoría del Estado y de Derecho Constitucional, hombre próximo al PSOE, es el
encargado de elaborar un informe sobre la licitud de investir a un candidato
extraparlamentario. Había sido senador real. A mediados de agosto de 1980, ese informe
llega a Armada, no a Zarzuela o Marivent. Y Armada se lo envía a Sabino para
que lo entregue al Rey. Ahí se indicaban dos vías: una, la de la moción de
censura, con un candidato alternativo, su propuesta al Rey y la posterior
investidura de éste si conseguía los votos de los dos tercios de la Cámara; y
otra, no constitucional, por la que el Jefe del Estado, «dadas las graves
circunstancias nacionales», propondría a la Cámara un presidente no
parlamentario para que fuese investido por los diputados, y que en torno a él
se nucleara un gobierno de unidad nacional. Un calco de la Operación De Gaulle,
que luego tomaría cuerpo en la Operación Armada.
P.-
Ollero era simpatizante socialista y Felipe González también simpatizaba con la
movida anti-Suárez…
R.- Tanto que estaba dispuesto a
entrar en el Gobierno de Armada. En mi libro cuento el almuerzo que en el
segundo semestre del 80 tiene Sabino con Felipe, Peces-Barba y Múgica. Le
preguntan sobre los rumores de golpes. Decían saber que, al menos, había dos dispositivos
golpistas, el de Tejero con la banda borracha y el de los generales. Según mis
fuentes, González dejó claro que prefería esperar a las elecciones, previstas
para 1983; pero que, como político con sentido de Estado, estaba dispuesto a
meterse debajo del paso, y arrimar el hombro en un Gobierno de concentración
que presidiera otro, por supuesto no Suárez. Entonces Sabino se mojó y lanzó en
ese almuerzo el nombre de Armada, a lo que Felipe respondió que la figura de
Armada, aunque personalmente no lo conocían, podría ser bien aceptada por
ellos, por ser quien era.
P.-
¿Qué papel juegan en su relato Ignacio, Paddy, Gómez Acebo, hermano de Luis,
cuñado del Rey, y Jaime Carvajal y Urquijo?
R.- Paddy Gómez Acebo, duque de
Estrada, era presidente del Instituto Gallup en España. El Rey y él se tenían
gran confianza. Un día de aquel invierno de 1980, don Juan Carlos le confiesa
que la única manera de reconducir la situación de España era formando un
gobierno de coalición o de concentración nacional, presidido por un
independiente, ajeno al mundo político, que gobierne con energía, con firmeza.
El Rey llama a Sabino para que explique la envoltura legal de la operación y
cuando éste acaba, Gómez Acebo, que al principio se quedó bloqueado no dando
crédito a lo que estaba escuchando allí, en palacio, por fin suelta lo que
piensa: «Lo mío no es una opinión, es una definición: eso se llama
primorriverismo, y me permito recordarle a Su Majestad lo que le pasó a su
abuelo, Alfonso XIII, al colocar a un general para reconducir la situación de
España». Esa misma tarde, y con idénticos términos, el Rey explica su plan a su
amigo y compañero de colegio Jaime Carvajal y Urquijo, que le dice exactamente
lo mismo que el duque de Estrada: «Todo eso se parece demasiado a lo que hizo
vuestro abuelo nombrando a Primo de Rivera». Jaime Carvajal ha tenido un
detallazo de confianza conmigo: me dejó un buen lote de páginas de su diario,
muy ilustrativas.
P.- ¿Y
no le asusta que todas sus fuentes, las vivas, claro, se echen atrás y le desmientan
ante la fuerza de sus acusaciones?
R.- Yo no acuso. Yo investigo e
informo de unos hechos históricos que nos conciernen y que estaban
desfigurados, tergiversados, mal historiados. Artículo 20 de la Constitución:
el derecho a obtener y transmitir información veraz. Siempre puede haber una
operación desde el gran poder influyente de la Zarzuela para silenciar mi
libro... Más que por decisión del Rey, por celo excesivo de sus edecanes y
cuidadores. Sinceramente, yo no he pretendido ir contra nadie. Pero a mi edad
no sería honesto ocultar la verdad. Yo pienso que el periodista no sólo tiene
que contar historias, tiene que contar la historia verdadera. ¿Entera? No,
siempre queda mucho más. No se llega a todo. Entiendo que habría que volver
atrás para desentrañar la historia oculta de muy altos protagonistas, con
medallas colgadas por tales y cuales acciones, que no las habían merecido
porque, sencillamente, ellos no habían sido «los
héroes».
P.- ¿A
quién se refiere? ¿A su Majestad el Rey?
R.- Bueno... la gran desmemoria de
Suárez no sólo ha beneficiado al Rey, también a Felipe González, a Osorio, a
Fraga, a Herrero de Miñón, a Segurado y a todos los comparsas de la Operación
Armada, militares, empresarios, periodistas… Yo he podido poner negro sobre blanco
determinados episodios que permanecían brumosos porque he tenido acceso a
ciertos documentos, anotaciones y diarios de Armero, de Carvajal, de Eduardo
Navarro, del propio Suárez; o porque testigos de primera fila como Martín
Villa, Lamo de Espinosa, Arias Salgado, Landelino Lavilla, Santiago Carrillo
han querido contarme cómo fue la legalización del PCE, quién estimuló y quién
puso palos en las ruedas de la Constitución… Si no, yo hubiese seguido creyendo
que el Rey fue «el motor del cambio». Y es cierto que el Rey dio su venia al
cambio de la dictadura a la democracia. Él tenía todos los poderes heredados de
Franco, y no había Constitución que le constriñese: podía haber dicho que no.
Ahora bien, en importantes momentos más que motorizar metió el freno.
P.-
Durante la legalización del PCE se fue a París…
R.- Se fue a París. Doy noticias de 11
cartas del Rey a Suárez. Sobre esto del medallero no siempre meritado, me
rechina escuchar y leer el tópico de que «el
Rey nos salvó del golpe». El Rey nos salvó in extremis de un golpe que él
mismo había puesto en marcha, no queriendo que fuera un golpe, queriendo una
solución fraguada en el Parlamento; pero Suárez le advertía: «¡Esto es un golpe!»
P.-
Traiciones, miserias, héroes que, según usted, no lo son... ¡para echarse a
llorar!

P.-
¿Suárez debería haber sido nombrado Duque del Olvido?
R.- Y de la lealtad. Por no contar los
servicios de lealtad que hizo al Rey. Suárez decía que tenía que «proteger al Rey del Rey mismo», de sus
campechanías, de su verbosidad, porque algún malintencionado podía tirarle de
la lengua y grabarle diciendo cosas inconvenientes, incluso peligrosas…
P.- No
entiendo.
R.- La historia del Rey y su reinado
no termina el 23-F. Podríamos decir que casi empieza otra vez, ¿no? Y empieza,
página nueva, con los socialistas, largos gobiernos en los que ocurren muchas
cosas en España y en el extranjero con relación a España. Lo insinúo en el
epílogo cuando sugiero que alguien quiso blindarse en el Rey tomando
precauciones y diciendo: bueno, yo quiero defender al Rey, pero si a mí me
tiran al foso difícilmente voy a poder defenderle. En esos momentos hay un
patriota que sale a proteger al Rey: Adolfo Suárez.
P.-Sigo
sin entender a qué se refiere.
R.- ¿Quiere usted que se lo diga más
claro? Suárez salió del Gobierno sin Toisón. El Rey se lo concedió muchos años
después...
P.- ¿Por otros
servicios?
R.- Servicios legítimos, legales y
patrióticos prestados por Suárez. Y el Rey lo sabe.
P.-
Intuyo que lo contará en su próximo libro…
R.-Mire, le estoy hablando de…, pero,
por favor, apague la grabadora.
«La gran desmemoria»,
el nuevo libro de investigación de la periodista Pilar Urbano sobre la
Transición, sale a la venta este jueves, 3 de abril (Editorial Planeta)
POST DATA:
Por lo que acabo de leer. A mi parecer, sin estar en esos guisados, las exigencias que se presentan contra el libro, me parecen débiles para asuntos tan graves. Siento muchísimo que Adolfo Suárez hijo, utilice el uso su propia foto, que había recorrido hace mucho todo el país. Es más, resultaba una foto amical y tierna.
Todas las personas pueden tener sus criterios, pero remover más la 'basura', es echar leña y además que se reavive la lumbre.
***
NOTA:
EN esta entrada de la Isla el Náufrago no tiene más intención que ver, examinar y sacar las consiguientes consecuencias de lo que en esta conversación se habla.
No va juzgar lo que la autora tenía escrito y cuyo libro saldrá a la venta mañana en momento tan 'oportuno' y sé que se hablará de 'oportunidades'.
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No tengo más interés que lo leído e hilvanar lo que ya pensaba, a pesar de ser una 'historia' bastante coherente. Por supuesto podrían salir más libros si otros personajes expresaran sus hechos y opiniones.
POST DATA:
Por lo que acabo de leer. A mi parecer, sin estar en esos guisados, las exigencias que se presentan contra el libro, me parecen débiles para asuntos tan graves. Siento muchísimo que Adolfo Suárez hijo, utilice el uso su propia foto, que había recorrido hace mucho todo el país. Es más, resultaba una foto amical y tierna.
Todas las personas pueden tener sus criterios, pero remover más la 'basura', es echar leña y además que se reavive la lumbre.
Comentarios
Basta con que algo sea verosímil para que se pueda adoptar como verdadero.
Pero no siempre lo verosímil coincide con lo verdadero.
Que cada cual se compre lo que crea conveniente. La verdad de los hechos, o al menos su verdad , descansa con Suárez.
Mira has dicho cosas sensatas, vaya por delante:
Supongo, que en tiempos en que no había tantas 'informaciones', 'desinformaciones' y los millones 'in-des' que ahora las utilizan para sus propias ideas, es decir los ELLOS difícil es ponerse de acuerdo.
- Entre lo verdadero y lo verosimil, dado cómo son algo próximos quizá aún quedará la lejanía.
- Hasta los que participaron en segundo plano, tienen la mitad, o las tres partes de lo VERDADERO.
¿CÓMO FUE LO 'VERDADERO'? ¿Con qué trocitos se hace UN Verdadero?
(Después de estas 'elucubraciones', puedes decirle a D. Nau: "pues sí, quizá, tal vez, probablemente: ¿Dónde está don VERDADERO? Suele ser subjetivo)
Tranquila tarde, enseguida.
Respecto a Esperanza, tampoco me he enterado bien del incidente.
Firmado: una feliz desinformada de desinformaciones.